Moisés Naím, como director de la revista Foreign Policy, publicó en el periódico ELPAIS en 2006 el siguiente artículo La arrogancia de los economistas. En él se retomaba la idea de considerar a la economía como ciencia funesta, concepto acuñado ya en 1849 por Thomas Carlyle y detalladamente documentado por Robet Dixon de la Universidad de Melbourne. Thomas_Carlyle

Moisés Naím comenta "Pero visto el funesto estado de la ciencia funesta, la búsqueda de ideas útiles en otras áreas de las ciencias sociales para fortalecer el conocimiento económico no conlleva muchos riesgos. O, como dirían los economistas: en vista del pobre rendimiento de los actuales esfuerzos, el costo de oportunidad de disminuirlos no es alto. Lo que en castellano quiere decir: la cosa está tan mal que hay poco que perder si se buscan ideas en otro lado".

Ser economista, por mucho que nos empeñemos en calificarlo de científico, solo se puede ser en el método, tal vez en el planteamiento de nuestra investigación, pero si no reconocemos la debilidad de la ciencia económica para predecir, reduciendo la incertidumbre a ambientes de riesgo, estaremos haciendo un flaco favor al avance de la ciencia económica. Detrás de esta idea se esconde la incapacidad manifiesta de adivinación de los economistas (como no podía ser de otra forma).

 

Días después del citado artículo, Victor Martin publicó en el mismo periódico una carta al director titulada La ciencia funesta,  con la interesante aclaración sobre el origen del concepto:

"... el término no aparece como conclusión de una crítica constructiva en torno a la ciencia económica, sino más bien como un término despectivo y en apoyo de las leyes de servidumbre, tan admiradas, por extraño que parezca, por el formidable ensayista Thomas Carlyle"

Esta idea se debate y enriquece con Gavin Kennedy en Carlyle y los orígenes racistas de la idea de la economía como “ciencia funesta” donde podemos leer:

"Sugerir que los orígenes deshonestos de la noción de la economía como una “ciencia funesta” tuvieron algo que ver con los contenidos de la misma (el equívoco popular), cuando lo que Carlyle estaba criticando repercutió en el prestigio duradero de Smith y de Mill, es una falsedad que debería corregirse y no transmitirse en un sitio web que aborda tópicos educativos para gente joven".

De todas formas, si queremos produndizar en la controversia podemos continuar con Santos Negrón Díaz en La ciencia funesta, con Juan Manuel López Caballero en La arrogancia de los economistas y con la nueva aportación al debate de Moisés Naím en La fraudulenta superioridad de los economistas